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DELHOTELALPALACIO

 

DELHOTELALPALACIO

La ciudad deviene obra de arte
por medio de los ciudadanos.
Lefebvre (1973)

María Isabel Naranjo

Nathaniel Hawthorne escribió la siguiente idea para un cuento en su cuaderno de apuntes en 1836: “Dos personas esperan en la calle un acontecimiento y la aparición de los principales actores. El acontecimiento ya está ocurriendo y ellos son los actores”. Esa anotación que hice un día en mi libreta, hoy me recuerda una historia particular que me contó Jorge Alonso Zapata hace diez años sobre una exposición suya en el Palacio de la Cultura. Transcurría el año 2008 y para ese entonces las iniciales de su nombre jota-a-zeta, juntas, ya nombraban un personaje que se había inventado, un artista que pintaba la calle a la manera de un cronista que escribe lo que ve. Con personas y situaciones reales. Ese año JAZ convenció a los jurados del Salón Departamental de Artes Visuales con la serie de Crónicas urbanas y ganó en la categoría Autodidacta. Orgullosos de contar entre los suyos a un artista que exponía obras en un palacio, los amigos de las litografías donde él había trabajado antes le regalaron un pendón y cien afiches de invitación a su inauguración con la frase “Obras que se ven en las calles, calles que se ven en una obra”. Esa noche no hubo vino, pero entre todos recogieron cincuenta mil pesos para comprar los tintos del Cachaco, que repartieron en carritos después de la presentación del Parcero del Popular No.8 y de Sabas Mandinga entre la gente de la calle que llegó a felicitar a el “Pintor”, como le decían al extraño de saco, imagino azul, en Barbacoas desde el primer día que llegó a dibujarlos a principios de este siglo. Al verlos regados por los corredores del palacio, me dijo Jorge Alonso aquella vez, le pareció como si los personajes de las obras hubieran salido caminando de los cuadros…
Si alguien hiciera el experimento de quedarse mirando las obras juntas de JAZ en su taller mucho rato, como hice yo

un día que le pedí que me dejara acompañarlo, comenzaría a escuchar el palpitar sonoro de algunas piezas. En unas gritan ¡Cóoojanlo! En otras hay palmadas que anuncian en las puertas de los antros ¡Solo show! ¡Solo show! Ese murmullo sonoro del Centro que imaginamos fácilmente los que alguna vez convertimos sus calles en vecindarios porque hacen parte de nuestra cotidianidad. De su obra todo me llamaba la atención. Los colores vivos que animan a los humanos sin perspectiva, la superposición de los planos, pero sobre todo, lo que más me atraía, eran las situaciones de intercambio que los personajes representaban. No sé si les pase lo mismo que a mí, pero nunca me he sentido cómoda mirando vitrinas…
El día que fuimos juntos al taller salimos de la casa de su tía Noemí en Belén. Ella era una maestra de escuela jubilada y enferma de alzheimer a la que Jorge Alonso cuidaba. Después de comernos una arepa con quesito y jugo de tomate de árbol que ella nos sirvió gustosamente, aunque no podía disimular la amargura que le producía que su sobrino le hablara a una mujer desconocida de lo que ella opinaba de sus dibujos que tenía que ver arrumados en todos los rincones de su casa. Eran… palabras más, palabras menos… una reverenda cochinada, una total falta de respeto. En el momento en que escribo este texto supe que Noemí murió el año pasado, así que me permitiré una pequeña ficción de lo que vi ese día después de que salimos de su casa para conocer en carne y hueso a los personajes de los cuadros de su sobrino. Recuerdos por
los que seguramente no habría podido sentir ninguna pena cuando se esfumaron de su mente…
Digamos que es un jueves cualquiera del año pasado. El pintor salió de su casa en Belén montado en una bicicleta de niño rumbo al centro de la ciudad, como todas las tardes, a las cuatro. En una maleta empacó sus vinilos y el saco azul que usó la primera vez, sin anticipar en ese momento que sería con el tiempo su ropa de trabajo. Se despidió de la vecina que cuidará a Noemí hasta su regreso. La tarde está recalentada por miles de motores, carros, moviéndose lentamente. El pintor que va en la bicicleta de niño vadea los artistas en los semáforos, esquiva las corrientes de vendedores ambulantes en las estaciones del Metro y después de media hora llega a la acera donde está la casa del Cachaco. Saluda fraternalmente desde la ventana a la gente que hay adentro y mira como llenan los termos de tinto que venden luego los carretilleros en los alrededores del Parque de Bolívar. Se antoja de uno. El Cachaco le pregunta dos cosas sin importancia para llevar la conversación hasta que alguien trae el vasito con tinto. Lo recibe y pasa con cuidado de no regar el café en la mitad de la calle, se acomoda junto al poste donde siempre se hace, se pone el saco azul, recorta una hoja en ocho pedacitos, mira al frente en diagonal y comienza a pintar lo que ve …
El arquitecto dibuja edificios, el urbanista compone planos
sobre el papel. Los dos ven desde arriba y desde lejos la

 

ciudad que representan, pero un artista, ¿qué es lo que ve? La ciudad de Tamara le decía a Italo Calvino todo lo que debía pensar. Él mismo dice que era ella quien dirigía su mirada por sobre todas las cosas como si fueran páginas escritas y lo obligaba a registrar nombres como si al hacerlo pudiera definirla. Así mismo la mente del pintor capta la masa viviente de la calle Barbacoas creando para ellos una doble existencia: en la vida y en los cuadros.

Los leyentes de este escrito tendrán en sus manos, o
en sus pantallas, una revista con estas palabras y en algún
lugar de la página impresa o virtual la imagen de
una obra llamada Hotel.
Miremos el cuadro
Medellín. Escena típica del siglo XXI.
Calle Barbacoas. Centro histórico.

Cielo azul. Día despejado. Todo está acumulado. No describiré con exhaustividad lo que estamos viendo, pero quisiera llamar la atención sobre algunos elementos. En el plano del fondo hay cinco sábanas blancas, como las dos nubes en el cielo azul, secándose al aire en un tendedero de palos y alambre en la terraza de un edificio donde funciona una oficina de abogados. Siguiente plano. En la entrada del segundo piso, pintado de amarillo, se lee el anuncio de un hotel. ¿Hotel Hace Sol?… Hace Sex…o. Ya. Hotel Hace Sexo. Una mujer con una toalla en el pelo sale por el balcón gritando a alguien o pidiendo algo que señala con su dedo. En la entrada dos mujeres atienden cada una su puesto de mecatos. La una vende minutos y cigarrillos y

la otra vende sexo. Frente a ellas un mendigo con un perro y otro con sombrero piden, también, cada uno según su necesidad. El perro camina al lado de un hombre dormido en el suelo, tirado sobre unos cartones, en la entrada del segundo piso del edificio rosado, donde dos cuerpos voluptuosos aguardan por más clientes en las escalas. En el plano siguiente un carro rojo está detenido en la mitad de la calle. Adentro hay dos hombres. Uno negro, otro blanco. El blanco, gordo y calvo tiene las manos afuera con una candela encendiendo algo que queda oculto detrás del cuerpo de una mujer, medio vestida con un top que le deja ver la piel morena y un trébol tatuado en la parte baja de la espalda. A su lado, una rubia semidesnuda, con gafitas negras al estilo de John Lennon, ligueros y tacones rosados juega con una chupetica verde por la calle como si fuera una perrita incitando con lascivia a los transeúntes. En el primer plano otro tipo de mercancías se exhiben. Sobre unos cajones de madera hay puestas una piña, una sandía, un banano, un par de aguacates, varias cajas de cigarrillos y los chuzos que vende un hombre sereno, de gorra azul y barba. A su lado, una negra de tetas grandes se está comiendo uno de los chorizos con deleite, después de ganarse el pan con el sudor de su frente, como manda la sacrosanta tradición antioqueña.
Tal vez ahora podamos imaginar la mirada perpleja que tuvo el pintor el día de la inauguración cuando vio a los personajes de sus obras caminando por los corredores del palacio. Como en la vida real.

… dos hombres. Uno negro, otro blanco. El blanco,
gordo y calvo tiene las manos afuera con una candela
encendiendo algo que queda oculto detrás del cuerpo de
una mujer, medio vestida con un top que le deja ver la
piel morena y un trébol tatuado en la parte
baja de la espalda…

Pensativa / 25 cms. x 35 cms. / Acrílico sobre cartón / 2018

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