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HOSTALPARIS

 

HOSTALPARIS

Claudia Restrepo Ruiz*

Después de dieciocho años Pablo aún vive en los muros vecinos del Hostal París. Patrón, así solían decirle. Por fortuna la letra es pequeña y se puede confundir con cualquier otro Pablo.
Es de madrugada y ya pasa el joven de oficios varios limpiando una calle que nunca está aseada.
Cuando Maryori sale del Hostal cree que aún es de noche cuando ya amaneció y los últimos habitantes de la calle procuran reservar su puesto para la próxima noche. Maryory se imagina cómo es vivir en la calle y dormir en algo diferente a un colchón. La indigencia la horroriza, quizás porque su tío terminó en la calle después de largas deliberaciones familiares y murió de pulmonía bajo el puente de San Juan.
Recién atendía a un cliente que pagó bien y se portó decentemente. Por un momento hace cálculos de cuándo fue su último período y al no haber certeza decide comprar y tomar la pastilla del día después. No traería a ningún niño
a un mundo así. Ella está en la calle desde los dieciséis cuando su propia madre la llevó para ser descorchada en un burdel. Desde entonces es dama de compañía de hombres un poco más dignos, pero igual de sucios y perversos. Le teme a la acera, a la calle y a los muros con mensajes ordinarios como “No orinar aquí”.
Tuvo un amor, pero era muy joven. El resto han sido hombres de una noche, máximo dos. Perdió a su madre en una pelea callejera y nunca supo quién era su padre.
Después del hostal, donde pudo darse una ducha decente salió a buscar comida en la calle de arriba junto a la iglesia. Pasaría el día de iglesia en iglesia viendo dónde podía hurtar algo de diezmo para completar y tener dónde dormir en caso de que ningún cliente apareciera. En la calle del Hostal París le decían La Rumba por su cabello desordenado y el contonear de sus caderas cuando alguna grabadora estaba cerca y la salsa o el merengue la motivaban a olvidar la soledad con un par de pasos y notas.

… Mientras pudiera regresar al Hostal París… Un día,
el conserje se quedó hasta tarde y la vio llegar de la
mano de un tipo de la peor calaña y cuando iba a salir,
la llamó por su nombre, ¡Maryori! Extrañada regresó
la mirada y vió como el conserje la llamaba a su lado…

Al Hostal, le disgustaba su presencia, su arrojo, su actitud desafiante, pero agradecía los clientes que llevaba hasta allí. En la calle Maturín. Había noches que entraban dos chicas y no se atrevían a cobrarle doble por temor a que se fuera con su sexo y sus clientes.
Del Hostal, lo que más le gustaba eran las sobrecamas. Tenían un color verdoso aterciopelado que la hacían sentir como una princesa por breves momentos de trago y euforia.
Nunca llevaba pepas consigo. Eso se lo dejaba al cliente porque no le gustaba trabarse y de ser requisada saldría ilesa. Toda esa mierda de noche tras noche, la pasaba a secas. Ya tenía veintitrés y pronto dejaría de ser atractiva ante hombres que buscaban mujeres jóvenes y carnes dóciles.
Mientras pudiera regresar al Hostal París… Un día, el conserje se quedó hasta tarde y la vio llegar de la mano de un tipo de la peor calaña y cuando iba a salir, la llamó por su nombre, ¡Maryori! Extrañada regresó la mirada y vió como el conserje la llamaba a su lado. Temió porque fuera un cliente insatisfecho, pero en realidad el conserje quería hablarle de su oficio y de hasta cuándo iba a seguir así.
Le ofrezco un puesto aquí, en El Hostal París. Maryori, algo aturdida, no supo que contestar. Le dijo: lo pensaré y se fue a su recorrido eclesial. ¿Trabajar en El Hostal París? Por un momento un destello alumbró sus ojos. No tendría que abrirle las piernas a nadie más ni fingir orgasmos ni abrir su boca para cosas que no le gustaban. Podría llevar una vida, pagar una pieza, no volver a atracar ofrendas.
Y entonces se dijo: ¿por qué no? A la otra vida podré regresar siempre, a esta solo tengo una oportunidad.
El día siguiente lo invirtió comprando ropa decente y arreglándose el cabello para que no le dijeran más la loca y causar buena impresión.
Cuando el conserje llegó, se alegró al verla. Bien Maryori, por tu presencia siento que mi propuesta tiene un sí como respuesta. Sí señor, así es. ¿Qué tengo que hacer? Asear las habitaciones según los estándares, recoger la ropa de cama, cambiarla… cosas que apren- derás con el oficio. ¿Y cuánto es mi salario? La cifra era nimia comparada con lo que se hacía en una semana. Un mínimo. Sé lo que estás pensando Maryori, pero tú no eres para esa vida, aquí tendrías prestaciones, salud, pensión… ¿Y quién le dijo a usted que voy a vivir tanto? ¿Por qué no habrías de hacerlo? Porque temo una larga y solitaria vida. La calle y los hombres son lo único que conozco. Su oferta es más de lo que merezco, pero es menos de lo que me gano.
El conserje decepcionado la dejó terminar su primer y único día para continuar viendo como se marchitaba noche tras noche, día tras día. La pastilla fue demasiado tarde, estaba en cinta y como no le bajaba la regla, consiguió una prueba y se la hizo y en efecto, dio positivo. Fue entonces cuando su cosmogonía cambió. No pensaba abortar una quinta vez y sería madre. Cuando terminó el día de labores en el hostal buscó al conserje y le dijo que sí, que su propuesta era perfecta pero que tendrían que buscar un moisés porque pronto sería madre.

El conserje la ayudó a buscar un lugar decente donde vivir y sin darse cuenta se sintió atraído por ella. Incapaz de revelarle sus sentimientos siguió el proceso de readaptación de la antigua Maryori. El conserje se vio involucrado desde el sentimiento, la acompañó a las ecografías e incluso tomó su mano. Y Maryori que no conocía el amor, empezó a tener sentir algo por él. Era un poco mayor que ella y tenía bastón como rezago de un accidente antiguo. Siempre lucía impecable y tenía las mejores maneras para tratar a las personas.
Maryori pronto comenzó a sentir al bebé y cuando quiso mostrarle a su conserje, el contacto de aquella mano en su vientre la hizo llorar. Mi hijo no tendrá padre, ¿qué va a pensar de mí cuando crezca? Que fuiste una mujer valiente e hiciste todo por él.
En un arrebato de ternura ella acarició su rostro y se fue antes de ver su reacción. Al salir a la calle, la vio de otro modo. La jungla de la supervivencia estaba colmada de viciosos y se sentía en el aire un aroma nauseabundo que sumado a sus síntomas de embarazo la hizo vomitar en una gran caneca verde.
“El rubio” con el que alguna vez tuvo algo más que sexo, ni siquiera notó su panza y vio como la calle lucía
cada vez más y más deplorable. La chatarrería Nancy tenía todo menos a Nancy. Había muchas figuras en bronce en la pared, desde llaves y vírgenes hasta herraduras.
Cuando llegó a la pieza donde vivía agradeció el giro que había dado su vida y en silencio pensó en la bondad del conserje y sus consejos. Se acercaba su cumpleaños y quería sorprenderlo con algo. Siempre vestía de corbata y ese accesorio le parecía el regalo perfecto. En eso estaba cuando reventó fuente. Tenía la pañalera lista desde la semana treinta seis. La tomó y corrió al hospital. Su celular no tenía minutos, no había modo de avisar.
La pasaron a una camilla y el parto comenzó. Sólo pujó dos veces y el niño salió sin llorar, así que tuvieron que darle una nalgada para confirmar que respiraba y así era. Lo pusieron en brazos de Maryori y en un segundo se imaginó una vida limpia y sana para ella.
El conserje preocupado timbró y timbró y al ver que no llegaba se fue hasta su casa donde una comadre le dijo que había comenzado trabajo de parto.
Fue a la clínica a la que tantas veces la había acompañado y la encontró en la habitación con el niño en brazos. ¿Cómo piensas llamarlo? ¿Cómo más? Darío, como tú.

 

Bajo París / 32 cms. x 25 cms. / Acrílico sobre cartón / 2009

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