Arrastre y permanencia: materia del río

Fabián Gíl

El río actúa como una fuerza que produce forma. Su curso organiza el territorio, deposita materia y fija huellas donde se condensan procesos sociales, económicos y culturales. En su desplazamiento continuo, el agua esculpe el paisaje y establece un ritmo que las sociedades aprenden a habitar. El cauce se manifiesta como una estructura activa donde el tiempo toma cuerpo.

 La obra de Fabián Gil Osorio sitúa su mirada en esa zona de fricción. El agua y la arena operan como principios materiales que revelan modos de organización del espacio. El agua se desplaza y redistribuye; la arena se asienta y sostiene. Entre ambas se levantan ciudades, infraestructuras y memorias sedimentadas.

 Esta relación con el río expone una tensión crítica con el entorno. En su rugir persistente, el agua sostiene la vida y convoca a una reflexión sobre su cuidado. El río se afirma como una presencia que exige atención, responsabilidad y pensamiento.

 Arrastre y permanencia: materia del río nombra esa condición esencial del paisaje: una forma que surge del encuentro entre fuerza y resistencia. Allí, donde la materia fluye y se deposita, se hace visible una pregunta fundamental sobre cómo habitamos y transformamos aquello que nos sostiene.

Más allá de la corteza de lo visible

 Fondo

Luis Fernando Mejía Jaramillo

 Hablar hoy de la obra de Luis Fernando Mejía Jaramillo es reconocer una práctica que conserva plena vigencia por la coherencia de su pensamiento y la precisión de su hacer. Su trabajo no responde a modas ni a urgencias pasajeras: se sostiene en una investigación constante de la figura humana, el espacio y el paisaje, entendidos como territorios abiertos, siempre en transformación. En ese tránsito, el dibujo se afirma como eje estructural de su lenguaje, no como medio auxiliar, sino como campo de expansión, rigor y libertad.

 Sus múltiples intereses amplían el campo de la mirada y revelan a un dibujante sin fronteras técnicas, capaz de llevar cada recurso al límite de su expresividad. Su lenguaje se construye desde la disciplina y el silencio, con una fidelidad absoluta a sus propósitos formales y conceptuales, y con una sensibilidad que convierte cada imagen en un espacio de contemplación activa.

 En este contexto, la donación realizada por María Cecilia Mejía Jaramillo y su familia adquiere una relevancia decisiva. Este gesto de generosidad y conciencia patrimonial permite preservar, estudiar y activar un cuerpo de obra fundamental. Su incorporación fortalece de manera sustancial uno de los fondos más completos del museo, ampliando sus posibilidades de lectura, investigación y diálogo con el presente.

 Más allá de la corteza de lo visible define una forma de pensar la imagen: comprenderla como un territorio de profundidad que exige tiempo, atención y rigor.

 En la obra de Luis Fernando Mejía Jaramillo, ver se convierte en un acto de indagación sostenida.

ALUNA

María Clara Jaramillo

 Aluna nombra el plano donde el pensamiento antecede a la forma. En la cosmovisión kogui, este ámbito invisible origina la vida y dispone el orden del mundo. Esta exposición parte de esta noción para entender la creación como un proceso previo a lo material, donde imaginar equivale a dar forma.

 Las plantas, portadoras de conocimiento espiritual y cultural, se traducen en telas translúcidas que suspenden la imagen y la vuelven permeable. El tejido aparece como un acto de pensamiento: líneas que se cruzan, ideas que se articulan. En las chagras kogui, sembrar responde a un trazado invisible similar al del telar; los hilos son pensamientos y el tejido, conocimiento hecho materia.

 La instalación invita al espectador a desplazarse entre las obras, activando una experiencia lenta y reflexiva. En este tránsito, imágenes oníricas y signos animales emergen como estados del espíritu. Aluna propone así una forma de habitar el pensamiento: entender la creación como un tejido continuo entre mente, cuerpo y mundo.

 

Huellas, la otra Colombia.

Carlos H. Jaramillo

 

El arte aparece aquí como una experiencia cercana y sensorial. Cada obra pone en relación la materia con la vida cotidiana, activando recuerdos, emociones y percepciones ligadas a lo elemental.

 La tierra estructura el sentido de la obra. Como superficie y como símbolo, reúne alimento, raíz, huella, sendero y refugio, y también erosión, grieta y violencia. Cada pieza opera como un fragmento de tapia, donde los surcos del tiempo narran un lugar y una historia. En cada fisura, cada capa y cada marca, el espacio se vuelve relato.

 En este proceso, los elementos trabajados se transforman en signos. La grieta deja de ser ruptura para convertirse en estructura; la materia adquiere sentido y forma pensamiento. A manera de alquimia nombra ese gesto con el que el artista activa la memoria y abre un camino hacia la complejidad de la vida y su misterio. En la huella silenciosa de cada obra, aparecen senderos marcados por la violencia, el desarraigo y el destierro, rastros del carácter destructivo de lo humano que la obra expone sin estridencia. Más allá de la representación, emerge una mirada sensible que asume la herida como forma de conocimiento y como posibilidad de transformación.

“No es fácil”
Ricardo Llera

Es poco frecuente que un texto curatorial se escriba a dos voces; sin embargo, la relación que se establece entre artista y curadora es, desde el inicio, un tejido de lecturas, interpretaciones y decisiones que conducen a un mismo lugar: la obra y su puesta en escena.

Este escrito nace de un diálogo que no busca coincidir. Más allá de las tensiones, ambas voces se alternan como formas distintas de transitar y comprender la obra de arte, desde su origen hasta su traducción curatorial. Así, la presente muestra del fotógrafo cubano-americano Ricardo Llera, No es fácil, presentada en el Museo MAJA, se configura como un espacio de encuentro con la fotografía analógica en blanco y negro, entendida como una práctica de observación sin intervención artificial.

En la Cuba heredada, observada y fotografiada por Llera a lo largo de dos décadas, sus palabras resuenan: «La sal te golpea la cara y, en algún punto cercano, alguien suelta la frase que ya es diagnóstico y rezo a la vez: “no es fácil”. Es el mantra de un país suspendido entre un pasado que no termina de irse y un futuro que siempre parece llegar tarde».

Formado profesionalmente en Estados Unidos, el artista ha construido una obra centrada en la fotografía como herramienta de silencio, reflexión y aproximación a la experiencia humana vinculada a sus orígenes cubanos. Su interés por la etnografía cultural, la memoria y las costumbres de la isla orienta un trabajo visual que interroga la dignidad, el respeto y el derecho al bienestar personal y colectivo. En su práctica, la imagen opera como un espacio poético donde lo biográfico y lo antropológico se encuentran, sin renunciar al reconocimiento de una belleza frágil y misteriosa.

“Decir no es fácil no es una expresión de derrota. Es reconocer el peso de la isla y, aun así, la manera en que se la carga cada día con una gracia que desafía la gravedad. Ser cubano es vivir en un lugar donde casi todo está roto, menos el espíritu; es sostener la vida en la coreografía precaria de la cercanía humana, donde el orgullo no se manifiesta como alarde, sino como una negativa silenciosa, casi clandestina a desaparecer”.

Durante gran parte de su vida, Cuba fue para el artista un territorio inaccesible, conocido únicamente a través del relato familiar, la memoria transmitida y la imaginación construida en el exilio. Entre 1996 y 2016, Ricardo Llera realizó treinta y nueve viajes a la isla, desplazamientos asumidos como una decisión personal y consciente, desde los cuales se posiciona como testigo atento de la experiencia cotidiana del territorio.

Ricardo: Mamá, voy a ir. Ya compré el pasaje. Estaré bien.
—Mamá: ¡Ricardo va a Cuba, es peligroso!
Mi abuela no dijo nada. Solo me miró y finalmente habló:
«Ya era hora de que alguien se fuera a casa».

Ricardo Llera + Liliana Hernandez

Artista                   Curadora

 

Sede ATENEO Álvaro Arango Gaviria

 

 

 

POPULAR GUAPACHOSA

Gráfica de una herencia viva

María M. Patiño U.

En la obra de María Patiño, la gráfica se convierte en un territorio donde memoria, cuerpo y pertenencia se entrelazan. Su práctica nace de una herencia viva: una historia familiar vinculada a los inicios de la música tropical y popular colombiana, cuando la llegada de los ritmos de la Costa Caribe a ciudades como Medellín y Bogotá dio origen a lo que luego se llamaría música tropical y chucuchucu. De ese cruce entre lo doméstico y lo festivo surge su sensibilidad hacia los ritmos del territorio, las expresiones colectivas y las marcas que la cultura popular imprime en nuestra manera de habitar el mundo.

Su interés se dirige al origen sensible del entorno: la Costa Caribe como matriz simbólica; la fiesta como experiencia compartida; y la presencia de quienes, desde distintos oficios y roles, mujeres y hombres por igual, han sostenido y expandido una tradición que continúa transformándose. En este marco, Patiño reconoce especialmente la fuerza creativa de las mujeres dentro de estos circuitos, sin excluir a quienes, desde otros lugares, también han tejido este universo cultural.

A través de la serigrafía, su trabajo traduce lo sonoro en imagen mediante ritmo, color y composición. Cada pieza convoca la memoria colectiva y otorga rostro a quienes encarnan una historia viva. Sus figuras no ilustran un recuerdo: lo reactivan, lo vuelven presente, lo ponen en circulación. El color —intenso, directo, vital— actúa como una manifestación emocional de esa energía que atraviesa nuestra cultura popular y le concede su carácter irrepetible.

Popular Guapachosa se afirma como una celebración lúcida de esa herencia compartida. Guapachosa como potencia cultural; popular no como etiqueta, sino como lenguaje que nos reúne. En esta exposición, ambas palabras se encuentran para mostrar que la tradición está viva porque sigue moviéndose, porque sigue sonando, y porque encuentra en la gráfica un espacio para volver a existir.

Andrés Galeano

 

 

Ars Antiqva
 El sonido como materia del tiempo

Explorar esta exposición es adentrarse en un territorio donde el sonido se transforma en forma, pensamiento y memoria.
 Los instrumentos musicales aquí reunidos son cuerpos resonantes que expresan una sensibilidad, una manera de habitar el tiempo. Cada flauta, cada cuerda, cada percusión manifiesta cómo distintas épocas comprendieron el espacio, la belleza y la emoción. En ellos vibra lo invisible: aquello que emerge cuando el aire se vuelve música.

El Grupo Ars Antiqva, fundado en Medellín en 1985 por Jorge Gaviria, Mauricio Gaviria, Rodrigo Henao y Álvaro López de Mesa, ha trazado una senda singular: la interpretación histórica entendida como un acto de conocimiento y de sensibilidad. Su diálogo con la música de la Edad Media, el Renacimiento, el Barroco temprano y las creaciones contemporáneas para instrumentos antiguos aviva la presencia del pasado, hace audible su respiración en el presente. En ese tránsito, la historia se vuelve experiencia viva, tiempo que respira.

Exponer esta colección en Jericó afirma la continuidad entre arte, naturaleza y escucha. Los instrumentos son semillas sonoras, fragmentos de una materia viva que conversa con el aire, el paisaje y la memoria colectiva.

Escucharlos, incluso en su quietud, es reconocer que el sonido encarna una forma de existencia efímera y esencial. Cada instrumento guarda en su cuerpo el eco de quien lo tocó, el aliento de quien lo imaginó. En ellos, el tiempo se vuelve música. Tal vez esa sea la tarea del arte: recordarnos cómo escuchar de nuevo lo que la prisa del presente disuelve.

Curaduría Museo MAJA

 

ARCILLAZZ

Arcillazz explora la afinidad profunda entre el barro y el jazz: ambos son lenguajes sin bordes, siempre en transformación. La improvisación, tanto sonora como material, permite que la creación ocurra en el instante, donde tiempo, gesto y sentido se reconfiguran. El barro, primer espejo de la humanidad, conserva la memoria de quienes lo moldearon y de las formas simbólicas que lo habitan desde hace milenios. En su sonido persisten las intuiciones que acompañaron al ser humano en sus búsquedas, sus miedos y sus protecciones.

Este proyecto recupera esa tradición para situarla en el presente. A través de una jam session con instrumentos de arcilla, prehispánicos y contemporáneos, Arcillazz convoca voces antiguas y actuales, dejando que sus resonancias activen un tiempo distinto al de la prisa contemporánea. No se busca reconstruir interpretaciones exactas del pasado, sino abrir un espacio donde lo inscrito en el barro pueda decirse nuevamente.

Arcillazz integra experimentación arqueológica, exploración sonora y una puesta en escena performática, acompañada por una muestra de instrumentos, un conversatorio y un taller de elaboración de aerófonos en arcilla. Es un encuentro entre saberes, prácticas y temporalidades que permite escuchar cómo la materia sigue produciendo sentido.

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