Paisaje
Aníbal Vallejo
Pintura
Por el inmenso llano, lentamente
arrastra el río su raudal de plata
cuya linfa purísima retrata
el azul de los cielos esplendente…
Aníbal Vallejo Álvarez
Fragmento del poema Tierra Caliente
Vista del Cartama desde la vereda La mesa, obra central de la exposición, se despliega en doce paneles de diversos tamaños creando así una narrativa visual de pensamientos acumulados, observaciones prolongadas y recuerdos transformados en pintura. El paisaje observado desde la finca familiar “La Cascada” emerge en cada fragmento, en cada trazo. El políptico invita al espectador a reconstruir las sensaciones que el artista ha acumulado durante años.
La exposición es un homenaje al suroeste antioqueño, una región cuyos paisajes, colores, olores y sonidos evocan la infancia del artista y nos invita a caminar junto a su memoria a ver y descubrir cómo esos paisajes renacen en una nueva forma que refleja el acto de pensar y pintar.
Vista del Cartama desde la vereda la Mesa no es solo una mirada al pasado, es un encuentro de lo que significa pintar para Vallejo: un acto de pensamiento continuo, una búsqueda de equilibrio que, como el río, fluye sin fin.
Aníbal Vallejo
FIGURACIONES
Aurelio Pardo
RETROSPECTIVA DE UN RELATO PERSONAL
La memoria es una arquitectura movediza. No habita en un solo espacio ni se deja atrapar en una forma definitiva. Su naturaleza es fragmentaria, como un relato contado a lo largo del tiempo, y reconstruido por la subjetividad. En Figuraciones, retrospectiva de un relato personal, el artista nos invita a recorrer los intersticios de su recuerdo, no como una línea ordenada de eventos, sino como un mosaico de intensidades.
El lugar de la representación en la memoria del artista no es solo un espacio físico, sino una geografía interior. Vive allí donde las imágenes logran sostener lo evanescente, donde el instante que se desvanecía encuentra una superficie para perpetuarse. Y sin embargo, esta permanencia no es absoluta: la pintura, el trazo, el color no fijan el pasado como un archivo, sino que lo reimaginan. En este sentido, la memoria no es un testimonio objetivo, sino una pulsión creativa, una reconstrucción que obedece a la sensibilidad.
El color en esta obra no es un mero accidente visual. Es la manifestación de una intensidad, la expresión de un estado de ánimo que dota de temperatura a los recuerdos. Los tonos vibrantes no son una simple elección estética, sino la traducción de un afecto.
Cada imagen es una puerta que se abre hacia un tiempo que nunca se clausura, hacia un pasado que aún palpita en el ahora. Así, el artista nos recuerda que la memoria no es un museo, sino un organismo vivo, y que en sus figuraciones lo personal se vuelve universal: todos somos, en el fondo, las imágenes que nos habitan.
Andrés G.
La aguja es mi pincel…
Bárbara Jahn
Artextil
Hay poca diferencia entre un pincel, un lápiz o incluso un buril y la aguja que Bárbara Jahn utiliza para unir, agregar, sujetar, crear, con textiles, texturas y colores, su obra. En este proceso creativo, la imaginación y el azar están al origen de formas y tonalidades, oscuras o claras, de primeros y segundos planos que atraen la atención y conducen al espectador por parajes visuales inesperados. A pesar de que la aguja es el instrumento principal para la realización de su trabajo, los hilos asumen el lugar de las tintas; las telas encuentran su referente en las tonalidades del óleo o la acuarela; las herramientas de corte y sobre todo el cálculo matemático aplica para alcanzar el equilibrio, la composición perfecta.
Bárbara Jahn, artista textil estadounidense radicada en Colombia, ha creado con su trabajo una forma de expresión personal y elaborada que se inspira en las culturas y valores de los pueblos del continente. Los grandes maestros del arte y la música, su cercanía e influencia, han contribuido también a su refinación gráfica. Todo esto, dice la artista, es un proceso donde primero el color llama y luego el textil aparece para descubrir cómo, según los elementos, las texturas y las formas geométricas se ensamblan. La experimentación, como ejercicio permanente con los materiales, está dirigida por hilos que el instrumento principal, la aguja / pincel, crea.
Saúl Álvarez Lara
GRUTA
Asicaz Monzón-Aguirre Ortiz
El acto de olvidar no es solo una erosión del tiempo, sino una fuerza activa, una decisión, un gesto que puede ser tan afilado como un cuchillo o tan sutil como un velo que se posa sobre la memoria. Gruta es una exposición que no se conforma con la pasividad del olvido, sino que lo enfrenta, lo interroga, lo encarna en su materialidad. A través de objetos cubiertos, narrativas veladas y tensiones simbólicas, la muestra revela cómo la memoria no es una entidad neutral, sino un terreno de disputa en el que ciertos relatos son santificados mientras otros son relegados a la penumbra del desuso.
Desde un enfoque antropológico y artístico, Gruta explora la relación entre diversos artefactos rituales de procedencia Andina asociados con Jericó. Entre ellos se destacan réplicas de piezas de las colecciones de los museos del municipio
El olvido se manifiesta en Gruta a través del gesto de cubrir: telas que envuelven objetos, esmalte de uñas que sella superficies, pigmentos que distorsionan significados. Pero este acto de velar no es un simple ocultamiento, sino una reescritura activa. Al cubrir estos objetos con materiales asociados al cuerpo y a lo íntimo -esmalte de uñas, textiles-, la exposición borra las jerarquías que los han separado.
El acto de vestir y velar los objetos introduce una performatividad que subvierte las lecturas tradicionales de los artefactos. En lugar de presentarlos como piezas neutrales, la exposición los carga de nuevas connotaciones, los inscribe en un diálogo con la rareza, con la disidencia, con lo que ha sido excluido de la historia oficial.
Gruta es una exploración de la memoria como un campo de tensión, donde la santidad y la disidencia, la presencia y la ausencia, la historia y la censura se entrelazan en una coreografía de velos y revelaciones. La exposición no busca restaurar lo perdido, sino exponer los mecanismos del olvido, haciéndolos visibles a través del arte. En su tejido de textiles, esmaltes y sombras, nos confronta con la pregunta esencial: ¿qué historias estamos dispuestos a desenterrar y cuáles seguimos cubriendo, ya sea por miedo, por vergüenza o por conveniencia? La exposición resuena con una urgencia contemporánea: ¿qué significa pertenecer?
Andrés G.
DE CORONAS Y OTRAS DEMONIAS
Adriana Hernandez
Hay una dicotomía en la corona: símbolo de poder y de peso, de exaltación y de carga, de belleza y de opresión. Su grandeza radica en su brillo, pero también en su excesividad, en la monstruosidad que genera sobre la cabeza que la sostiene. ¿Qué es lo que realmente se corona? ¿La mujer, la divinidad, el animal, la monstruosidad interna? La corona no solo pesa por el material del que está hecha, sino por la historia que cuenta. Cargar una corona implica llevar un linaje, un destino, un mandato. Pero también puede ser una condena: lo que adorna también oprime. La mujer que porta la corona no siempre la lleva por elección; a veces, se la imponen, a veces, la hereda, a veces, la construye con sus propias manos sin saber que esta forjando su propia jaula.
Ser coronada no es solo un acto de reconocimiento, sino de transformación. Es la mujer que se convierte en símbolo, la persona que deja de ser individuo para ser representación. Pero, ¿qué representa? ¿La gloria o la resignación? ¿La conquista o la carga? El barro con el que están hechas estas coronas nos recuerda su fragilidad, su materialidad humilde, su conexión con la tierra. No son joyas de oro y piedras preciosas, sino de arcilla: efímeras, pesadas, quebradizas. Tal vez, al final, la única forma de sobrevivir al peso de la corona es reírse de ella, jugar con su materialidad, quebrarla y moldearla a voluntad.
El peso no es solo el del objeto, sino el de las expectativas, los mandatos, los límites que han sido impuestos sobre el cuerpo. La belleza es otra corona impuesta: una forma de dominio que exige cumplir con una imagen, con una postura, con una idea prefabricada de lo femenino. Y sin embargo, esa misma belleza es también una trinchera, un lugar de resistencia, un espacio de reinvención.
Este conjunto de grabados y coronas de barro nos ofrece una reflexión sobre lo que implica habitar un cuerpo femenino: el peso de la identidad, la lucha entre la belleza y la opresión, la multiplicidad interna que resiste la homogeneización. No se trata solo de adornarse o de soportar la carga, sino de entender la corona como un objeto en disputa, como algo que puede ser llevado con orgullo o arrojado al suelo para construir otra cosa con sus fragmentos.
Andrés G.
Travesías: La construcción de la mirada
Existe una historia que delata nuestro camino, un sendero que se va formando con cada paso recorrido, con cada inquietud develada tras las imágenes, el ojo se presta al obturador para mediar como intérprete de otros espacios, de otros sentires, pero siempre por medio de la subjetividad de quién captura en un instante aquel fragmento de vida.
Los pasos de quien sigue esta senda se permean entre las posibilidades que la educación le brinda, la línea sutil de la sensibilidad social que le permite reconocer sus búsquedas y la estética que lo acompañará para transformar imágenes fijas en un relato expresivo.
Construir una mirada es una travesía más allá de lo técnico, es un riesgo de aprender con cada recorrido, la responsabilidad de narrar por medio de la fotografía, de tejer un puente entre la cotidiana realidad, la escena que se encuadra y el ojo que percibe el resultado.
Esta exposición es la expresión fotográfica de diversas vivencias y trayectos, que en cada autor toma forma tras una investigación profunda y una representación propia delineada por su perspectiva. Es la recta final de una ruta en la formación de un lenguaje personal por medio o a razón de la cámara.Curaduría: Silvana Farley
Andrés Moreno
Andrés Mejía
Revelaciones
Una mirada a la fotografía antropológica entre 1945 y 1992 Archivo Graciliano Arcila Vélez
“No busques la perfección en las fotos, busca la autenticidad.”
Robert Doisneau
Abiertos a la seducción y la fascinación visual, la fotografía es un recurso esencial para el estudio de la antropología, especialmente porque facilita el registro de los momentos auténticos y espontá-
neos de la investigación. En las imágenes logradas, se vislumbran personas, paisajes, formas, colores y texturas que transmiten sentimientos y emociones que concentran significados. El etnólogo se ocupa por capturar esos instantes mágicos, aquellos que, a través de la mente y la visión, registran instantes de la vida para dotarlos de una carga sentimental única, llena de recuerdos, ideas y sentimientos que permanecerán en el tiempo, ocupando un lugar especial que trasciende la otredad y reconoce la diversidad cultural en una dimensión amplia, fundamentada en el respeto.En esta ocasión, el Museo Universitario de la Universidad de Antioquia, comparte una serie de fotografías inspiradas en los detalles de la vida cotidiana, ritual y simbólica de los pueblos indígenas de Colombia, del mismo modo, imágenes inéditas de comunidades campesinas, actividades de guaquería, investigación arqueológica y estudios etnográficos, tomadas por el Licenciado en Ciencias Sociales y Económicas Graciliano Arcila Vélez (Medellín, 1912-2002), precursor de la antropología en el departamento de Antio quia, a quien se le reconoce la sabiduría y la visión para provocar la creación de distintos espacios y programas que han nutrido el conocimiento y la valoración por el patrimonio cultural y la memoria de nuestro país.
El entusiasmo por estudiar el territorio a profundidad, lo llevó a explorar regiones desconocidas para las ciencias humanas, transitar por lugares no reconocidos para revelar la extensa dimensión de la vida, al mismo tiempo que avivar el gusto por la historia, despertar la sensibilidad estética y promover el humanismo en una época marcada por situaciones sociales adversas en materia de política, educación y economía. Las obras que se presentan, hacen parte del Archivo Fotográfico de la Colección de Historia, donadas por el profesor Arcila con el propósito de compartir un legado que sirva de memoria e inspiración para las nuevas generaciones que quieran ahondar en el espíritu profundo de la cultura. La muestra reúne sesenta y seis fotografías tomadas en
diversos lugares, clasificadas en etnología, arqueología, museografía, guaquería y vida familiar. Las fotos conservan el título y las referencias del autor, sin embargo, fueron sometidas a un proceso de restauración digital, corrigiendo el tono, el color y los pequeños deterioros ocasionados por el tiempo.Esta exposición ha sido pensada para compartir un tesoro que durante años ha protegido y conservado la Universidad de Antioquia a fin de promover y valorar el sentido de la riqueza cultural, compartiendo un inagotable patrimonio colmado de historias y saberes.
Hernán Alberto Pimienta Buriticá
Antropólogo